
quisieras que la niña del koyac dejara de mirarte, así la nombras, la niña del koyac que lame con fruición y poco a poco su boca es fucsia pegajosa. Quisieras que dejara y te acomodas, cambias de posición a ver si así, pero insiste, no deja de mirarte ahí, ahí entremedio del pómulo y la ceja, un lugar sin nombre que de pronto es descubierto.
