
La heroicidad forma parte de un mundo idealizado; ese mundo que vislumbramos más allá de nuestros límites e imperfecciones y que no es más que una invención que surge de aquellas aspiraciones imposibles, de un “quisiera ser” que encierra en sí mismo una ridícula probabilidad. Algunos pueden pasarse la vida deseando ser distintas cosas o distintos seres, sin saber (o sabiéndolo, que es peor) que nunca lo serán. Con eso que son tienen más que suficiente; no es lo mismo conformarse que asumirse.
Quizás la noción de tiempo tiene aquí sus implicancias, quizás existen ciertos “actos heroicos”, con una duración en un tiempo y espacio, con un origen, un continuo y un fin que, por lo mismo, no hace de su actor un héroe: lo heroico tiene que ver, presiento, con algo de imperecedero, y aquí a mi alrededor no conozco nada que no termine muriendo. Uno no es un héroe por salvar a un puñado de gente de un incendio. Si eras el que tenía posibilidades de salvarlos, por qué no hacerlo; a pesar de la variedad de daños de la que somos capaces, no solemos deleitarnos con el peligro de muerte que corre el de lado, todo porque la muerte se concibe como negación, claro está. Estamos hechos de acciones simples, aunque las revistamos de una complejidad que es justamente la que origina aquellos raros ideales… por lo menos a mi, me resulta extraño eso de querer ser héroe, o de considerar que alguien lo es.
Por remitir al máximo de valores posibles, el acto heroico solo puede ir decreciendo, vaciándose en esta cotidianidad que no admite consumaciones absolutas; es el rebalse lo que impera, luego el vacío y la vuelta a llenar: movilidad. La heroicidad, por permanecer siempre llena y por el hecho de permanecer, aquí no existe. Existen actos (o decisiones) que nos llevan hacia nuevos respiros.