sábado, 12 de abril de 2008

realidad absoluta



para v.b, alumna nº1.



Aquel día Cristóbal me invitó a subir un cerro. Me despertó temprano: “Ya sé que saliste anoche, pero anímate, aprovechemos el día”. Cristóbal es del tipo de gente que madruga las mañanas de domingo, que hace mucho deporte, que no fuma, pero que le da igual si los demás lo hacen. En ese tiempo quería ser astrónomo y estudiaba astronomía. A mi me gustaba, aunque no me gustaba que me despertara, como obligándome. Pero lo conseguía, lograba convencerme: “Bueno, vamos”. Él se alegró, “así me cuentas cómo estuvo la fiesta”; disfrutaba cuando yo le contaba cosas, siempre me hacía todo tipo de preguntas porque según él era la única manera de que yo le hablara de mí. Tenía razón. Y así, cuando yo le hablaba de mi, él me hablaba de él, entonces establecíamos un diálogo perfecto que progresaba cuando yo ya podía hablar de él y él podía hablar de mi, y ambos podíamos hablar de cualquier otra cosa.
No éramos los únicos de paseo ese domingo, había una familia –los padres, dos hijos, un perro- y un hombre solo. Yo tenía mucha sed y podía sentir el exceso de cigarro en la garganta, pero iba bastante animada. Cristóbal parecía muy vital a mi lado, y a veces se me adelantaba sin querer; simplemente sus pulmones funcionaban mejor. La familia también estaba bien entrenada e iban unos metros más adelante. El hombre solo iba detrás de nosotros. A uno de los niños se le cayó una botella con agua, que rodó hasta los pies de Cristóbal. Se pusieron a conversar, y luego se les unió el otro hermano. Cuando logré alcanzarlos esto fue lo que oí: “Ella venía todas las semanas, así que nosotros hacemos lo mismo”. Minutos después salieron persiguiendo al perro y Cristóbal me contó que la hermana mayor había muerto y que para recordarla (o algo así) subían el cerro cada domingo. Los padres iban tomados de la mano, los niños corrían en distintas direcciones, gritando y riendo. “¿Tú quieres tener hijos?” me preguntó él de pronto; “Cuándo”, sentencié yo. “Algún día” “Ah, sí, algún día, sí, pero pocos, supongo que dos, no lo sé”, y lo miré fijo. En eso oímos la voz del hombre solo llamándonos. Quería dejar de estar solo. Entre otras preguntas, quiso saber si éramos novios. Yo respondí de inmediato que no. Cristóbal sonrió, dándome pequeños golpes en el brazo. Luego de un rato, la voz del hombre me empezó a marear, el tono cordial de Cristóbal a aburrir. Apuré la marcha mirando hacia el suelo, dejando que el sol me pegara en la nuca. Comencé a respirar largo y pausado, a intentar oír mi respiración y nada más, a fijarme en las piedras, todas grises, y nada más. No faltaba mucho para llegar a la primera parada, una explanada donde Santiago se mostraba lejano y contaminado. Pasé a los niños, pasé a los padres, oí la voz de Cristóbal llamándome pero seguí hasta llegar y esperé sentada en una roca, bajo la sombra. Llegaron todos juntos. Hablaban todos juntos también. La madre tenía una voz muy suave, uno de los niños transpiraba muchísimo y al hombre le dio un ataque de estornudo. Cualquiera hubiera dicho que el padre y Cristóbal se conocían hacía tiempo; no sé como habían llegado a dialogar de esa manera tan distendida, en solo unos minutos. Estaban de pie en el borde del llano. Luego el corte era abrupto y se abría a un acantilado. No puedo decir con certeza por qué ocurre, pero aquel día ocurrió; hay cosas que desconozco en mi y otras que sólo llego a conocer cuando ya es un poco tarde, cuando ya no puedo hacer nada y ya están aquí, sucediéndose conmigo, haciendo que de pronto el entorno no sea más que un montón de basura donde nadie ni nada se salva. Incluida yo. Me pareció que todos sobraban. Que si el niño se desmayaba de tanto sudar no importaba, que si hubiera podido callar el tono perfecto de la madre llenándole la boca de piedras tampoco importaba, que si el padre y Cristóbal caían al vacío me sentiría totalmente aliviada. Se acercó a mí y me tendió su mano, pero ya no podía ser de otra forma: yo ya no estaba ahí, me encontraba sola, sentada bajo la sombra, lejos de aquellas caras demasiado amables, odiándolos a todos, pero extrañamente tranquila, feliz.
berni.