domingo, 5 de octubre de 2008

espera


estábamos sentados en un paradero. quiero dejar de fumar, pero prendí un cigarro. de los suaves. quiero dejar de fumar, le dije. deberías, me dijo. y no dijimos nada más. yo empecé a hacer una lista mental de las cosas que quiero hacer. luego me pregunté qué cosas debería hacer. preferí no responderme e inventé otra lista: lista de las cosas repentinas. y de pronto le dije, no he cambiado, pero sé que ya no soy la misma. tiré la colilla al suelo y el la pisó. ahí viene la micro, me dijo.

jueves, 7 de agosto de 2008

foster wallace, el efecto metro


Los narradores como especie suelen ser mirones, suelen acechar y observar. Son observadores natos, son espectadores. Son esos tipos del metro cuya forma disimulada de mirar resulta inquietante. Casi depredadora. Es porque las situaciones humanas son el alimento de los escritores, los narradores miran a otros seres humanos de la misma forma que los curiosos frenan para ver un accidente de coche: codician la imagen de sí mismos como testigos.

Pero al mismo tiempo los narradores tienden a ser terriblemente conscientes de sí mismos. A la vez que dedican montones de tiempo productivo a estudiar con atención qué impresión produce en ellos la gente, los narradores también dedican montones de tiempo menos productivo preguntándose, nerviosos, que impresión causan ellos a los demás. Qué tal caen, qué imagen tienen, si se les ve el faldón de la camisa por la bragueta, si tal vez tienen pintalabios en los dientes, si la gente a la que están mirando con disimulo los estarán considerando seres siniestros, como esos locos que acechan a la gente.

El resultado es que la mayoría de los narradores, observadores natos, suelen odiar ser objeto de la atención de la gente. No le gusta que los miren.

domingo, 29 de junio de 2008

inexistente heroicidad





La heroicidad forma parte de un mundo idealizado; ese mundo que vislumbramos más allá de nuestros límites e imperfecciones y que no es más que una invención que surge de aquellas aspiraciones imposibles, de un “quisiera ser” que encierra en sí mismo una ridícula probabilidad. Algunos pueden pasarse la vida deseando ser distintas cosas o distintos seres, sin saber (o sabiéndolo, que es peor) que nunca lo serán. Con eso que son tienen más que suficiente; no es lo mismo conformarse que asumirse.

Quizás la noción de tiempo tiene aquí sus implicancias, quizás existen ciertos “actos heroicos”, con una duración en un tiempo y espacio, con un origen, un continuo y un fin que, por lo mismo, no hace de su actor un héroe: lo heroico tiene que ver, presiento, con algo de imperecedero, y aquí a mi alrededor no conozco nada que no termine muriendo. Uno no es un héroe por salvar a un puñado de gente de un incendio. Si eras el que tenía posibilidades de salvarlos, por qué no hacerlo; a pesar de la variedad de daños de la que somos capaces, no solemos deleitarnos con el peligro de muerte que corre el de lado, todo porque la muerte se concibe como negación, claro está. Estamos hechos de acciones simples, aunque las revistamos de una complejidad que es justamente la que origina aquellos raros ideales… por lo menos a mi, me resulta extraño eso de querer ser héroe, o de considerar que alguien lo es.

Por remitir al máximo de valores posibles, el acto heroico solo puede ir decreciendo, vaciándose en esta cotidianidad que no admite consumaciones absolutas; es el rebalse lo que impera, luego el vacío y la vuelta a llenar: movilidad. La heroicidad, por permanecer siempre llena y por el hecho de permanecer, aquí no existe. Existen actos (o decisiones) que nos llevan hacia nuevos respiros.

martes, 13 de mayo de 2008

par de tríadas


voy a decir algo ahora que puedo decirlo.

pero primero, haré lo que tengo que hacer.

aunque antes de eso, decidiré qúe es lo que quiero ser.

sábado, 12 de abril de 2008

realidad absoluta



para v.b, alumna nº1.



Aquel día Cristóbal me invitó a subir un cerro. Me despertó temprano: “Ya sé que saliste anoche, pero anímate, aprovechemos el día”. Cristóbal es del tipo de gente que madruga las mañanas de domingo, que hace mucho deporte, que no fuma, pero que le da igual si los demás lo hacen. En ese tiempo quería ser astrónomo y estudiaba astronomía. A mi me gustaba, aunque no me gustaba que me despertara, como obligándome. Pero lo conseguía, lograba convencerme: “Bueno, vamos”. Él se alegró, “así me cuentas cómo estuvo la fiesta”; disfrutaba cuando yo le contaba cosas, siempre me hacía todo tipo de preguntas porque según él era la única manera de que yo le hablara de mí. Tenía razón. Y así, cuando yo le hablaba de mi, él me hablaba de él, entonces establecíamos un diálogo perfecto que progresaba cuando yo ya podía hablar de él y él podía hablar de mi, y ambos podíamos hablar de cualquier otra cosa.
No éramos los únicos de paseo ese domingo, había una familia –los padres, dos hijos, un perro- y un hombre solo. Yo tenía mucha sed y podía sentir el exceso de cigarro en la garganta, pero iba bastante animada. Cristóbal parecía muy vital a mi lado, y a veces se me adelantaba sin querer; simplemente sus pulmones funcionaban mejor. La familia también estaba bien entrenada e iban unos metros más adelante. El hombre solo iba detrás de nosotros. A uno de los niños se le cayó una botella con agua, que rodó hasta los pies de Cristóbal. Se pusieron a conversar, y luego se les unió el otro hermano. Cuando logré alcanzarlos esto fue lo que oí: “Ella venía todas las semanas, así que nosotros hacemos lo mismo”. Minutos después salieron persiguiendo al perro y Cristóbal me contó que la hermana mayor había muerto y que para recordarla (o algo así) subían el cerro cada domingo. Los padres iban tomados de la mano, los niños corrían en distintas direcciones, gritando y riendo. “¿Tú quieres tener hijos?” me preguntó él de pronto; “Cuándo”, sentencié yo. “Algún día” “Ah, sí, algún día, sí, pero pocos, supongo que dos, no lo sé”, y lo miré fijo. En eso oímos la voz del hombre solo llamándonos. Quería dejar de estar solo. Entre otras preguntas, quiso saber si éramos novios. Yo respondí de inmediato que no. Cristóbal sonrió, dándome pequeños golpes en el brazo. Luego de un rato, la voz del hombre me empezó a marear, el tono cordial de Cristóbal a aburrir. Apuré la marcha mirando hacia el suelo, dejando que el sol me pegara en la nuca. Comencé a respirar largo y pausado, a intentar oír mi respiración y nada más, a fijarme en las piedras, todas grises, y nada más. No faltaba mucho para llegar a la primera parada, una explanada donde Santiago se mostraba lejano y contaminado. Pasé a los niños, pasé a los padres, oí la voz de Cristóbal llamándome pero seguí hasta llegar y esperé sentada en una roca, bajo la sombra. Llegaron todos juntos. Hablaban todos juntos también. La madre tenía una voz muy suave, uno de los niños transpiraba muchísimo y al hombre le dio un ataque de estornudo. Cualquiera hubiera dicho que el padre y Cristóbal se conocían hacía tiempo; no sé como habían llegado a dialogar de esa manera tan distendida, en solo unos minutos. Estaban de pie en el borde del llano. Luego el corte era abrupto y se abría a un acantilado. No puedo decir con certeza por qué ocurre, pero aquel día ocurrió; hay cosas que desconozco en mi y otras que sólo llego a conocer cuando ya es un poco tarde, cuando ya no puedo hacer nada y ya están aquí, sucediéndose conmigo, haciendo que de pronto el entorno no sea más que un montón de basura donde nadie ni nada se salva. Incluida yo. Me pareció que todos sobraban. Que si el niño se desmayaba de tanto sudar no importaba, que si hubiera podido callar el tono perfecto de la madre llenándole la boca de piedras tampoco importaba, que si el padre y Cristóbal caían al vacío me sentiría totalmente aliviada. Se acercó a mí y me tendió su mano, pero ya no podía ser de otra forma: yo ya no estaba ahí, me encontraba sola, sentada bajo la sombra, lejos de aquellas caras demasiado amables, odiándolos a todos, pero extrañamente tranquila, feliz.
berni.

sábado, 16 de febrero de 2008

en defensa propia


esta vez no me ganará, pienso.

eso me falta, sigo pensando, pensar un poco más en vez de abalanzarme.

eso de que los animales son otra cosa, o de que el consumo nos vuelve animales. uf. y qué.

gente que habla mucho sobre el tiempo,

mientras yo siento cómo el tiempo no es algo sobre el que deba pensarse o no, porque de todas formas se mete aquí dentro y se nota, y que se note demuestra que lo que fue aún sigue siendo, lo que es ha dejado de ser, lo que será es lo que es, o quizás no.

usar el tiempo.

que vendría a ser lo mismo que usarme a mi.

algo así, para que así no me gane, pienso, y mañana lo logre, en defensa propia.
foto: yo v/s yo.


lunes, 21 de enero de 2008

la salud es lo primero


que alguien me diga qué es estar enfermo.

qué significa enfermedad.

que alguien sepa decir qué se siente cuando el cuerpo se siente.

que mire fotografías de un pasado que no dice nada, que no significa nada, que no siente nada sino más que una risa abierta, un pasado que se burla al dejarnos aquí, en un presente donde él no existe, en un futuro que tampoco existe.

que alguien me diga qué tiene que ver este cuerpo con el cuerpo que se ríe de mi.

sábado, 5 de enero de 2008

una voz que habla por mi



Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, por ejemplo, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter. Parezco lo que quiero parecer, incluso hermosa si es eso lo que quieren que sea, hermosa, o bonita, bonita por ejemplo para la familia, solamente para la familia no, puedo convertirme en lo que quieran que sea. Y creerlo. Creer, además, que soy encantadora...

marguerite duras, "El amante".